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Sargento

noviembre 23, 2012

Una tarde de paseo, la madre les contó su secreto. Su padre no era la persona que habían conocido. La historia se remontó al frente de batalla.

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Desierto

junio 27, 2012

Las líneas del horizonte se fundían en la arena. El aire, pegajoso y sucio, ensuciaba la vista. Algunas siluetas humanas se dibujaban en el fondo. Líneas corporales imprecisas, como un borrón de obra impresionista. El martilleo de los tanques era la melodía incansable. Un bucle de ruido metálico que impedía abstraerse del frente de batalla. La retaguardia era imprecisa. La primera línea se hundía en algún lugar a sus espaldas. El rigor climático del desierto había fulminado su esperanza. El horno de carne humana seguía encendido, aguardando su próxima hornada de víctimas. Su cuerpo no podía expeler más líquido. Se había convertido en una tira de piel seca, un cuero uniformado al sol. Sin agua, sus ojos eran ya piedras incandescentes. Retuvo el aliento y se dispuso a salir de su pequeño parapeto. En ese momento, un impacto de mortero detuvo su aliento. A su izquierda, una pequeña trinchera saltó por los aires. Ahora era el olor a carne quemada el que se filtraba por su nariz cubierta de polvo y arena. Otra bolsa de cadáveres calientes. Una plaza de identificación que guardar en el macuto. Una muesca más en su alma de guerra. Una nueva hornada de sangre derramada.

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Fuego

junio 4, 2012

El calor abrasaba el rostro de los soldados. El alma se fundía en la arena a golpe de cañonazo. Cualquier intento de moverse era torpe. El sudor escurría la voluntad. No había escapatoria. La línea defensiva se había evaporado como el agua que ya era solo un espejismo real. Los huesos y músculos chirriaban por el dolor. La sucesión de explosiones percutía en las fibras del cuerpo cual melodía diabólico. Los nervios reventados ya no sentían, derretidos tras horas de insuperable resistencia. El soldado Fritz había perdido contacto con los restos de su batallón. A su alrededor solo podía intuir el fuego de los blindados. No podía abrir los ojos. Sol, fuego y arena se habían convertido en una ‘troika’ más mortífera que las bombas de los aliados. Arrastrándose por la arena incandescente, a tientas, logró milagrosamente alcanzar un refugio. No sabía dónde estaba. El tacto metálico le enseñó la parte más alejada del fuego. Tras el parapeto, Fritz aguardó a que cesará la sinfonía macabra del diablo durante su festín. El calor aumento dos grados más. Su cuerpo se aproximó al punto de fusión. En ese momento, alma y cuerpo de fundieron irremediablemente. Ya no podía morir. Su vida quedaba soldada a ese pequeño reducto del norte de África.

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Tempestad

febrero 17, 2012

Al amanecer, su cabeza todavía mantenía el retumbar fiero de los bombardeos. La pesadilla era real como su propia historia. Justo 30 años atrás recorría con el rostro azulado la estepa rusa. La derrota en el frente era un hecho consumado. Su cuerpo se deslizaba sobre la nieve congelada. Las botas, descuartizadas, apenas sujetaban unos huesos desmoronados por la batalla. A un lado y otro, hombres derrumbados deambulaban en su misma línea. Tumbas de rostro demacrado. Las horas pasaban huecas, petrificadas por el frío viento polar. Nadie conocía su destino. No había misión. No había órdenes. Todo el sistema que mantenía su vida había desaparecido. En su lugar, aparecía una llanura de intranquilidad y desasosiego infinitos. Muchos jamas regresaron. Sus débiles almas quedaron enterradas para siempre en una tempestad de muerte y hielo. Quien sobrevivió, jamas pensó que lo conseguiría. Hoy, al soldado Fritz, solo le mantenía con vida la imperturbable creencia de que nada peor le podría volver a pasar jamás, salvo en sus propios sueños.

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Luz

diciembre 8, 2011

Abrí los ojos. La luz atravesó mis párpados como una bala perdida en retaguardia. Sentí un pinchazo. El dolor se diluyó en legañas. Apenas podía ver. Solo luz incandescente. Reflejos de azulejo que picaban la retina. Tras unos instantes, pude reconocer un fondo blanco, una ventana abierta y una brisa entrando en una habitación grande. El sonido corría perdido. El aturdimiento no me permitía reconocer las voces. Sentí un alarido, pero lo sentí como un viejo sueño. Un minuto después, comencé a reconocerme. Sentí el muñón en la pierna izquierda a la altura de la rodilla. Recordé el momento de la amputación. La explosión al escapar del cerco. Mi memoria termina en ese instante. Ahora estoy en un lugar que podría ser un hospital. Giro la cabeza torpemente y veo camas con cuerpos cubiertos. A izquierda y derecha solo hay cuerpos inertes. Una voz rompe mi inquietud. Alguien entra en la habitación y camina hacía mi. Siento el traqueteo de pasos acercarse. Continúo aturdido. Una voz me habla en alemán. No entiendo sus palabras. Asiento sin entender. Tengo la necesidad de volver a caer en el sueño de la anestesia. La anestesia de no querer enfrentarme a la vida cuando todo está perdida. El muñón vibra de angustia. Mi cabeza no puede seguir pensando. Solo quiero dormir y no despertar. Vuelvo a mirar y los cuerpos siguen inmóviles en procesión funeraria. Un grupo de hombres entra y comienza a mover las camillas. Unos segundos después estoy solo. La luz sigue entrrando en la habitación. Una luz fuerte, nítida, redonda, que ilumina la muerte. Cierro los ojos con el resto de mis fuerzas y entro en un ligero letargo. Vuelvo a desear no despertar. Sueño con mi pequeño ático en una ciudad que hoy queda lejana. Me hundo en el silencio. La luz continúa impenetrable pero yo ya he corrido el telón. Mi alma se funde con el viejo paisaje de la ciudad de la que nunca debí salir.

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Transcendencia

agosto 17, 2011

El soldado Fritz se apoyó sobre la trinchera ametrallada y se despojo del casco. El cabello sudoroso y la tierra sucia caen sobre sus ojos. No puede reaccionar. Está aturdido. Piensa rápidamente la mejor forma de continuar ofreciendo resistencia a un enemigo que les supera en proporciones inadmisibles. La munición comienza a escasear y el cansancio ya no le permite fijar bien los blancos. Cuando se disponía a recuperar su posición y emprender una nueva embestida escuchó a su derecha las voces de los restos del tercer batallón.  Seis soldados jóvenes rezaban con lágrimas en sus ojos. Sus palabras eran lamentos sordos en medio de la lluvia de proyectiles y bombas. Los muchachos habían dado ya por perdida la batalla. Siberia sería su recompensa. Con el rostro ennegrecido por el fragor de la lucha, el soldado Fritz les lanzó una mirada desafiante. Él no se iba a rendir tan fácilmente. No iba a entregar su vida a cambio de unos versos a un Dios inmaterial. Si quería seguir con vida, sabía que su alma debía permanecer en sus manos. Su entrega al enemigo o a Dios, sería una traición a su humanidad. Se puso el casco y recupero el pulso de combate. Un segundo después, su fusil volvía a apuntar al frente. El paraíso podía esperar.

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Reacción

mayo 7, 2011

El soldado Fritz yacía ausente sobre el barro maloliente de la estepa invernal. La detonación había descerrajado sus tímpanos.  El polvo se mezclaba con la sangre y la metralla en una masa informe y etérea que cubría el pensamiento y la vida. No recordaba nada. Sus pupilas habían quedado adheridas a un instante del pasado. Un segundo antes de la explosión había recordado el nombre de la mujer que le esperaba hacía ya cuatro años  mil kilómetros al oeste. El siguiente segundo era el final. Su mente había caído al suelo en mil pedazos irrecuperables. El tiempo se comprimió en ese instante en que la guadaña sobrevoló su refugio con indisimulada facilidad. El compañero había volado en mil pedazos pero él estaba allí, con los rasguños de la muerte atravesando su carne sin fatalidad. La trascendencia del momento le hizo reaccionar. Se levanto, sacudió el polvo de su ropa mugrienta y volvió a mirar al frente. La muerte había estado cerca una vez más. El siguiente segundo volvería a ser una nueva ruleta rusa. Un parpadeo gélido y el reciente pasado conformó su nuevo presente. 100 kilómetros al oeste del río Oder…

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