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La ruta de la sangre

diciembre 3, 2009

Un puñado de niños se arremolina en torno al cadáver mutilado de un joven oficial alemán. Las pocas casas que resisten las embestidas de los obuses soviéticos arden como antorchas, mientras un pequeño grupo de voluntarios intenta organizar la resistencia. Intento unirme a ellos, pero no me reconocen. Intento hablar, pero no me escuchan. Tengo la sensación de haber muerto. Oigo gritos, llamadas a la lucha, pero nadie puede oir mi voz. Miro mis manos y sólo veo sangre. Mi cuerpo respira sangre. Asustado, intento ocultarme entre los escombros. Saco mi pequeña libreta y la pluma que me regaló aquella mujer italiana que conocí en la batalla de Anzio. Comienzo a escribir. Imagino mi futuro. Sueño con viajes desde los países bálticos a Yugoslavia, escribiendo reportajes y tomando instantáneas de la vida. Deseo retratar al ser humano en sus momentos de esplendor y en sus penurias. Quiero narrar la tragedia humana. Ser pura mediación. Escribo con ansia, hasta que la sangre que brota de mis ojos me impide ver las líneas. Respiro hondo y recuesto mi cuerpo enrojecido sobre la paja de un establo. Cierro los ojos. Sangre.

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