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El desfiladero

diciembre 8, 2009

Un viejo lugareño me ha señalado la ruta. Según mis cálculos, no tardaré más de tres días en cruzar las líneas enemigas y unirme a los restos de mi ejército, en un último intento de mantener una mínima defensa ante el empuje soviético.
El desfiladero apenas deja penetrar una fina línea de luz, que llega a trompicones y sin apenas fuerza. Me muevo en la penumbra. Me desplazo despacio, atento a cuelquier posible emboscada de algún grupo de retaguardia. Mi uniforme apenas se distingue entre la oscuridad y la espesa niebla que emerje en las horas de madrugada. El retumbe de los cohetes katyusha rompe el silencio. Su esplendor dilata mis párpados. Su furia rompe el paisaje nocturno. Sin apenas tiempo para reaccionar. Una avalancha de rocas desciende hacia mi. No tengo escapatoria. Intento correr, pero apenas comienza mi huida, caigo al suelo. Aturdido, veo la montaña de piedra abalanzarse sobre mi. Parece el final. Entonces, la tierra se abre. El amanecer me asalta cuando yazco en un pequeño refugio, construído al principio de la guerra. Una joven mujer, de origen eslavo, prepara el desayuno junto a una vieja estufa de carbón. Parece que he sobrevivido ¿o es sólo un sueño?

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