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Puesto de tirador

diciembre 21, 2009

La nieve cubría la posición del coronel, apostado en el tercer piso de un edificio semiderruido. No se percibía movimiento. Cada cierto tiempo, se oían ligeras explosiones, en lo que el dedujo eran los últimos coletazos de su compañía, que resistía el asedio de millares de soldados del ejército soviético.

Las horas corrían en la penumbra, en un tedio insoportable. Las manos, ateridas por el frío, comenzaban a amoratarse. El tacto del gatillo le martilleaba el cerebro. No podía aguantar un segundo más. Sus pies habían perdido por completo la sensibilidad, sus ojos se nublaban al intentar mantener la vista sobre el puesto avanzado del mando enemigo. Tenía que acabar con el mariscal que estaba arrasando a sus compañeros de batalla.

Apenas tres segundos después, cuando ya se desvanecía su pulso, un uniforme de oficial aparecía entre las sombras. Era ÉL. Era el momento que había esperado los últimos dos años. Un disparo sordo rompió el silencio por última vez. Un orificio de bala. Una masa encefálica ensangrentada y amarillenta en el muro posterior. Misión cumplida.

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