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Retaguardia

diciembre 23, 2009

Conociamos la dificultad. El frente se estaba debilitando a cada instante. La esperanzas volaban al ritmo de las explosiones. La táctica envolvente del enemigo auguraba un final amargo para nuestro ejército. El General nos había encomendado la imposible tarea de cortar el avance de un ejército que nos superaba en número 20 a 1. Si rompían el frente, nuestros camaradas estarían condenados a la muerte o la deportación.

La situación era tensa en el cuartel general. Los ánimos se congelaban al mismo ritmo que los pies de los uniformados. En plena discusión sobre las posibilidades de contener el avance enemigo, una señorita, enlace de intendencia, entró en la sala donde se decidía el destino de todo un ejército. Se hizo el silencio. Nadie entendía nada. Un instante después, solicitó permiso para hablar. Quería comunicar su intención de rendirse. La pobre no entendía que aquella batalla era a vida o muerte…

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