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Frente Oriental

enero 6, 2010

La amenaza se concentraba al otro lado del río. El Oder era su último obstáculo antes de enfilar de manera irremediable la capital del Imperio. Unos cuantos ejércitos, reagrupados de forma precipitada, eran la punta de lanza de una defensa insostenible. Pasaron las horas y nada se movía en el frente. El amanecer del día 14 un estruendo reventó mis timpanos. Miles de katyushas iluminaron la noche. El final estaba próximo. Durante dos horas eternas, la vida se detuvo a nuestro lado. Después, el silencio. Su avance sería ya irremediable. Mis hombres se dispusieron a lo largo de una línea de apenas 300 metros. Comenzó el ataque. Disparamos a discreción pero no parecía contener un ápice su empuje. Eran demasiados como para contabilizar bajas. El frente se rompió a las 18.07h. Intenté salvar los restos de mi batallón, escondiendonos en la retaguardia. Quizás pudiéramos sobrevivir tras las líneas enemigas unos días más, hasta que llegaran refuerzos. Apenas una docena de hombres nos internamos en el bosque. Nunca volveriamos a ver la luz del sol…

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