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Pesadilla

enero 8, 2010

El sargento cogió su pistola reglamentaria y se descerrajo un tiro en la sién. Al otro lado de la estancia, un coronel obligaba a su mujer e hijos a tomar el cianuro. Altos mandos del régimen se colgaban en habitaciones contiguas. A pesar del olor a muerte y la violencia dispersa en el búnker, el silencio rompía los nervios. La tragedía era tan atroz, que la mente se perdía en la desgracia. Ni siquiera la muerte, última esperanza, parecía paliar el dolor y la angustia. Ni convertido en polvo parecía posible poner fin al sufrimiento. Voluntades evaporadas. Instintos machacados. Me disponía a engullir la sobredosis letal de ansiolíticos, barbitúricos y paroxetina cuando desperté. El sol del amanecer iluminaba tenuemente la trinchera. Había sobrevivido una vez más…

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