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Primavera

marzo 23, 2010

La nieve fundida lloraba sobre la sangre de los caidos en combate. El solsticio de primavera entró a sangre y fuego en la vida de los soldados que habían combatido todo el invierno. La fría estepa descorchada yacía yerma tras el fragor infernal de la batalla. Tanques apagados, inertes, reflejan la luz del último sol de marzo. El VI Ejército se bate en retirada tras las derrotas. La Madre Patria avanza con paso firme mientras unos cuantos soldados rezagados, perdidos tras la ruptura del frente, vagamos entre las ruinas. La captura significa muerte o deportación. Ante la disyuntiva, la muerte es preferible. Tras unas horas de confusión, me dispongo a buscar a mis compañeros o elementos de la resistencia que permanezcan dispersos en la zona. Con ropa de civil, me interno en el pequeño pueblo que un día albergó nuestra retaguardia. El silencio se confunde con los últimos coletazos de nuestro flanco derecho. Gritos penetran desde el bosque para romper la monotonía de la muerte. Unos minutos después, regresa la calma. Sólo me queda esperar o morir. Sin mi fusil, no soy más peligroso que las primeras flores que emergen entre los restos de la metralla…

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