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Etnias

abril 7, 2010

El ejército colaboracionista croata dispuso los prisioneros en dos grupos. A un lado, los serbios, al otro, el resto. Cómo podían distinguirlos todavía resulta para mi un misterio. Observaba la escena escondido a un lado de la carretera. Por suerte, había quedado rezagado minutos antes de la emboscada. El rostro de los serbios, atenazados por el miedo, contrastaba con las risas de los Ustasa. No imaginaba lo que vendría después. Mientras los no serbios continuaron el camino custodiados por un pequeño grupo de soldados, el batallón comenzó su orgía de sangre. Mi corazón se levantó del pecho al observar las atrocidades. El bosque cayó en silencio ante los gritos de dolor producidos por las torturas encadenadas. Violaciones, desmembramientos, ejecuciones carniceras. El tiempo voló ante el dolor. Las palabras quedan cortas. Sangre, sangre, sangre. Una hora más tarde. Los restos de los ejecutados formaban una pira que ardía frente a mi. Ahora estaba yo solo frente al Genocidio. Una oscura penumbra se apoderó de mi alma. Yo podía ser uno de ellos. Desde entonces, mis ojos sólo miran a la muerte. Mi olfato sólo percibe el olor a carne fresca ennegrecida por la furia.

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One comment

  1. Thank goodness some bloggers can still write. My thanks for this piece



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