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Concentración

julio 17, 2010

El sudor deshacía los ánimos. El pelotón se disponía a realizar una última intentona por tomar la posición. El sol de verano era un enemigo más en el norte de África. Hombres sudorosos dispuestos a morir en el desierto. La sangre de las heridas inundaba el aire estancado de la pequeña ciudad. Olor a muerte y arena. Tras la orden de ataque, el retumbar de la estampida rompió en mil pedazos el estatus quo. Las balas resoplaban. Las bajas aumentaban. Cuando los pocos que quedamos en pie alcanzamos el objetivo dispusimos el explosivo. Diez segundos después: una explosión. Guarecidos tras el muro, recibimos una felicitación radiofónica de nuestro alto mando. El calor seguía disparando sus balas invisbles. Ahora debiamos volver, si antes el sudor no ahogaba nuestra esperanza.

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