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Bombardeo

marzo 21, 2011

El soldado Fritz cubrío su casco con las manos. El estruendo del bombardeo soviético impedía cualquier comunicación. Sordo, aturdido y con los huesos vibrando entre detonaciones levanté los ojos y pude ver a mi compañero de refugio con la mirada perdida en el vacío. Quise llamarle, pero no respondía. Su alma ya no estaba allí. Había sucumbido. Su corazón latía sin vida. No tenía lágrimas. Su voz se apagó tras las primeras 16 horas de bombardeo ininterrumpido. Nunca más escuché su risa ni su llanto.

La guerra no asesinó su cuerpo. Fue el estruendo, la amenaza que cubría el cielo al oeste del río Oder y nos había obligado a replegarnos casi 300 kilómetros en apenas una semana.

El bombardeo cesó tras más de 24 horas ininterrumpidos. No sentía el zumbido de mis tímpanos reventados. No escuchaba los gritos de los supervivientes ni las órdenes de los superiores que salían de los bunkers. Veía sus gestos, pero mi mente permanecía bajo el fuego. Después, solo recordaba la voz de mi compañero. Aquel que jamás volvió ni a reir ni a llorar.

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