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Tempestad

febrero 17, 2012

Al amanecer, su cabeza todavía mantenía el retumbar fiero de los bombardeos. La pesadilla era real como su propia historia. Justo 30 años atrás recorría con el rostro azulado la estepa rusa. La derrota en el frente era un hecho consumado. Su cuerpo se deslizaba sobre la nieve congelada. Las botas, descuartizadas, apenas sujetaban unos huesos desmoronados por la batalla. A un lado y otro, hombres derrumbados deambulaban en su misma línea. Tumbas de rostro demacrado. Las horas pasaban huecas, petrificadas por el frío viento polar. Nadie conocía su destino. No había misión. No había órdenes. Todo el sistema que mantenía su vida había desaparecido. En su lugar, aparecía una llanura de intranquilidad y desasosiego infinitos. Muchos jamas regresaron. Sus débiles almas quedaron enterradas para siempre en una tempestad de muerte y hielo. Quien sobrevivió, jamas pensó que lo conseguiría. Hoy, al soldado Fritz, solo le mantenía con vida la imperturbable creencia de que nada peor le podría volver a pasar jamás, salvo en sus propios sueños.

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