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Fuego

junio 4, 2012

El calor abrasaba el rostro de los soldados. El alma se fundía en la arena a golpe de cañonazo. Cualquier intento de moverse era torpe. El sudor escurría la voluntad. No había escapatoria. La línea defensiva se había evaporado como el agua que ya era solo un espejismo real. Los huesos y músculos chirriaban por el dolor. La sucesión de explosiones percutía en las fibras del cuerpo cual melodía diabólico. Los nervios reventados ya no sentían, derretidos tras horas de insuperable resistencia. El soldado Fritz había perdido contacto con los restos de su batallón. A su alrededor solo podía intuir el fuego de los blindados. No podía abrir los ojos. Sol, fuego y arena se habían convertido en una ‘troika’ más mortífera que las bombas de los aliados. Arrastrándose por la arena incandescente, a tientas, logró milagrosamente alcanzar un refugio. No sabía dónde estaba. El tacto metálico le enseñó la parte más alejada del fuego. Tras el parapeto, Fritz aguardó a que cesará la sinfonía macabra del diablo durante su festín. El calor aumento dos grados más. Su cuerpo se aproximó al punto de fusión. En ese momento, alma y cuerpo de fundieron irremediablemente. Ya no podía morir. Su vida quedaba soldada a ese pequeño reducto del norte de África.

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