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Desierto

junio 27, 2012

Las líneas del horizonte se fundían en la arena. El aire, pegajoso y sucio, ensuciaba la vista. Algunas siluetas humanas se dibujaban en el fondo. Líneas corporales imprecisas, como un borrón de obra impresionista. El martilleo de los tanques era la melodía incansable. Un bucle de ruido metálico que impedía abstraerse del frente de batalla. La retaguardia era imprecisa. La primera línea se hundía en algún lugar a sus espaldas. El rigor climático del desierto había fulminado su esperanza. El horno de carne humana seguía encendido, aguardando su próxima hornada de víctimas. Su cuerpo no podía expeler más líquido. Se había convertido en una tira de piel seca, un cuero uniformado al sol. Sin agua, sus ojos eran ya piedras incandescentes. Retuvo el aliento y se dispuso a salir de su pequeño parapeto. En ese momento, un impacto de mortero detuvo su aliento. A su izquierda, una pequeña trinchera saltó por los aires. Ahora era el olor a carne quemada el que se filtraba por su nariz cubierta de polvo y arena. Otra bolsa de cadáveres calientes. Una plaza de identificación que guardar en el macuto. Una muesca más en su alma de guerra. Una nueva hornada de sangre derramada.

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