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Tercio de terapia

diciembre 15, 2009

El sargento Fritz estaba exhausto. El frente había trasformado su rostro, hasta darle un aspecto siniestro, envejecido. La jornada había trascurrido relativamente tranquila. Un día más, había mantenido a los rusos al otro lado del río. No podrían aguantar mucho más, debido a la escasez de efectivos y municiones, pero el Jefe había ordenado resistir hasta el último hombre…

Por fin había llegado el relevo. Podía aprovechar para ir al refugio y descansar un par de horas. Lo necesitaba. En el camino, se cruzó con un para de jóvenes reclutas. Posiblemente, jamás volverían a casa. A un lado de la carretera, brillando, descubrió un objeto luminoso. Se acercó y sus pupilas se encendieron. Una botella de cerveza belga checa intacta. Posiblemente había caido de alguno de los trasportes destinados al cuartel general, varios kilómetros al oeste. Cogió el regalo y marchó al refugio. Allí abrió el tercio y lo degustó apasionadamente. Ya no le hacía falta dormir. Esta era la mejor terapia posible, mejor que la psicóloga del ejército o las pesadillas inevitables en una noche en el frente.

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